Niños ‘influencers’, los olvidados de las leyes de protección de la infancia en Internet

Con una búsqueda rápida en Instagram o TikTok es fácil encontrar a niños y adolescentes convertidos en influencers. Algunos muestran su rutina, y muchos participan en trends de baile. En varios perfiles con una media de más de 100.000 visualizaciones por vídeo, se observa que generan contenido casi a diario y que muchos cuentan con agencias que los representan. En la mayoría, se indica que son gestionadas por sus padres. Estos menores, sin embargo, reciben a menudo mensajes públicos de contenido más o menos explícitamente sexual, que no son borrados por los administradores de sus perfiles virtuales. Sucede que el borrado de comentarios reduce la visibilidad del post.  Los expertos advierten de que, en su búsqueda de likes y visualizaciones, los menores pueden ser llevados a reproducir conductas sexualizadas que no corresponden a su edad.

Niños ‘influencers’, los olvidados de las leyes de protección de la infancia en Internet

La práctica puede empezar de forma inocente: el menor, o sus padres, abren un perfil público. Pero no todo lo que comparten tendrá un gran alcance. Ciertos vídeos, sin embargo, logran romper la burbuja cercana y se viralizan, dando más visibilidad al perfil y atrayendo más seguidores. El ingeniero y exdirectivo de Meta Arturo Béjar explica,  qué tipo de contenido suele hacerse viral: “En Instagram el algoritmo está diseñado de manera que, si un niño —y especialmente una niña— sube un vídeo bailando, ese contenido puede tener cien veces más visualizaciones. Si posa con gestos insinuantes, todavía más”. Poco a poco, el menor va entendiendo qué tipo de actitud debe adoptar para atraer más interacción. Béjar denunció ante el Congreso de EE UU en 2023 que la empresa no adopta medidas para proteger a los más jóvenes.

En algunos vídeos se ve a niñas que posan como adultas, se visten en minishorts y se llevan el dedo a la boca mientras bailan, pero es en los comentarios donde está lo más inquietante: hombres que elogian su cuerpo, piden que publiquen más veces, preguntan su edad y le dicen que le han escrito en privado. La regla de las redes es clara: cuanta más interacción —no importa de qué tipo— más alcance. Con más visibilidad, el perfil empieza a crecer y generar ingresos. La doctora en psicología clínica Silvia Álava, autora del libro Tener hijos felices, advierte de que muchos menores no son conscientes de los riesgos de lo que comparten ni del uso que puede hacerse de sus vídeos.

 Sheila y Hernán son padres de un creador de contenido digital de 13 años. Explican que la idea de grabar vídeos nació de su hijo: primero en privado y, desde los 10 años, de forma pública. Al principio, temieron la exposición, pero prefirieron acompañarlo de cerca antes que prohibírselo. “Para nosotros también era un mundo nuevo”, admiten.

En poco tiempo, pasó de la intimidad a reunir cientos de miles de seguidores. Hoy sus cuentas en Instagram, TikTok y YouTube superan los 300.000. Ellos prefieren mantener el control: gestionan perfiles, revisan comentarios y limitan los mensajes directos. “Es un trabajo diario de limpieza. Si hay cosas muy fuertes, bloqueamos y denunciamos a la plataforma”, resume el padre. Hasta el momento, sin normativa específica y medidas concretas de las plataformas, el cómo proceder en estas situaciones está en las manos de cada padre o tutor. Algunos pueden no tener el cuidado que tienen Sheila y Hernán.

Para familias como la de Sheila y Hernán, la actividad de su hijo ya implica cambios profundos en la vida diaria. “Los fines de semana los dedicamos a grabar. Hacemos viajes de kilómetros para grabar con otros niños. Le dijimos: ‘Si quieres seguir con esto, es una responsabilidad’. Lo apoyamos en todo: gestión con empresas, edición de vídeos, propuestas de colaboraciones. Pero lo importante es que disfrute”.

Sheila y Hernán aseguran que lo llevan bien. Orientan la visibilidad de su hijo hacia causas positivas, como una campaña contra el bullying. Afirman que, pese a los seguidores, continúa siendo el mismo: mantiene a sus amigos de siempre y la vida escolar no ha cambiado. “Lo que queremos es que sea feliz. Si mañana decide dejarlo, se deja. Para nosotros lo importante no es la fama ni el dinero, sino su bienestar”, concluyen.

fuente: ElPais