En el marco del lanzamiento de la Colecta Anual de Cáritas, Monseñor Adolfo Larregain, Arzobispo de Corrientes, reflexionó sobre el desafío de sostener la asistencia social en tiempos de crisis.
Con un llamado a la dirigencia política para «mirar la calle» y un profundo reconocimiento a la generosidad de los que menos tienen, el prelado destaca que, pese a las adversidades, la solidaridad sigue obrando milagros.
A continuación, el desarrollo de la ronda de prensa que brindó en la víspera.
Monseñor, sostener un servicio como el de Cáritas en el contexto actual parece una tarea titánica. ¿Cómo se vive hoy este apostolado desde la Iglesia?
Cuesta muchísimo porque es un trabajo que se hace «a pulmón». Precisamente, los recursos con los que contamos son pocos, aunque el deseo y la buena voluntad de ayudar sean muchos. En estos tiempos, nos toca la tarea de intentar multiplicar lo poco que tenemos para dar respuesta a muchas necesidades; a veces, eso implica realmente hacer milagros.
¿Cuáles son esos elementos esenciales que hoy más escasean o que más cuesta conseguir para los hermanos necesitados?
Hay gente que carece de lo más básico. Notamos que hay productos difíciles de donar, como el azúcar o el aceite, porque son caros y la gente no siempre puede entregarlos; es más frecuente que donen otros artículos más accesibles. Sin embargo, la gente necesita una alimentación equilibrada. Es ahí donde se produce el gran milagro de la multiplicación: cuando aprendemos a repartir lo que hay.
Usted suele destacar la generosidad del pueblo correntino. ¿Hay algún gesto en particular que le haya impactado en este último tiempo?
Es admirable. Me pasó en una oportunidad con un paquete de arroz: una persona me dijo: «No, padre, no me dé arroz porque yo tengo en casa, más vale déselo a alguien que lo esté necesitando». Me impactó profundamente, porque la tendencia natural de uno suele ser acumular por las dudas, pero esa generosidad de desprenderse de algo para que otro lo tenga es conmovedora. En estas colectas, la gente responde con mucha generosidad, ya sea con efectivo, transferencias, o acercando ropa y calzado que ya no usan y que otros están necesitando.
Mirando la realidad social, ¿cuál es el mensaje que hoy debería escuchar la clase política?
El mensaje es que hay que estar muy atentos a la vulnerabilidad, al dolor y al sufrimiento de la pobreza y de la gente en situación de calle. Hoy la plata no alcanza y eso se ve simplemente caminando, yendo a un supermercado o a una farmacia. Ahí uno ve cómo la gente «hace garabatos» para poder comprar un medicamento; muchos preguntan el precio y se van, o compran apenas un blíster o lo que pueden. Falta estar más atentos a la calle, a lo que vive la gente en su día a día.
En un clima donde el esfuerzo parece no alcanzar para llegar a fin de mes, ¿cómo se evita caer en la desesperanza?
La esperanza es un motorcito que siempre nos anima a estar en movimiento y a seguir caminando; no es solo un punto de llegada, es lo que nos impulsa. A veces, en el camino aparecen muchas adversidades y me viene a la mente la imagen de Sísifo: ese hombre que luchaba por llevar la piedra hasta la cima y, cuando llegaba, la piedra caía y debía empezar de nuevo. Muchas veces, la vida de hoy es ese «empezar de nuevo» todos los días: salir a buscar trabajo y no conseguir, o enfrentar carencias diarias. Pero la esperanza es lo último que se pierde y es, precisamente, lo que nos enseñan los más pobres: a seguir caminando con fe.

El Libertador (Corrientes)