Cruzar la avenida Maipú hacia el sur o internarse más allá de la mítica Ruta 12 no es simplemente atravesar una frontera de asfalto; es asistir a la mutación genética de una identidad.
En los últimos veinticinco años, la ciudad de Corrientes —aquella que nació mirando al río con la parsimonia de un pueblo grande— ha dejado paso a un fenómeno irreversible: una conurbanización caótica que estira sus brazos de cemento y precariedad sobre el antiguo mapa de quintas.
Lo que antes era la periferia verde se ha transformado en un archipiélago de barrios desarticulados, donde la promesa del progreso técnico ha venido acompañada, paradójicamente, de una erosión sistemática en la calidad de vida de sus habitantes.
La Corrientes del año 2001, aún con las cicatrices profundas de la crisis socioeconómica que marcó a fuego la provincia, conservaba una escala humana. La vida comunitaria pivotaba sobre un centro histórico accesible, barrios tradicionales de densidades medias y una costanera que oficiaba de gran ágora democrática.
Hoy, la expansión metropolitana hacia zonas como el barrio Ponce, las extensiones del Molina Punta o los asentamientos precarios que orillan las lagunas secas muestra la contracara: el estallido de la «ciudad compacta» y el nacimiento de la «ciudad difusa».
Este crecimiento no es el resultado de un plan de ordenamiento territorial, sino de la urgencia del mercado inmobiliario y la presión demográfica desatendida. Esto se traduce en una dolorosa asimetría.
Mientras el skyline de la Costanera Sur se puebla de torres suntuosas que miran al Paraná con ojos de cristal, miles de correntinos son empujados hacia un conurbano desprovisto de desagües, con tendidos eléctricos clandestinos y un transporte público que funciona como un castigo cotidiano. La literatura ha sabido anticipar este sentimiento de pérdida y alienación antes de que las estadísticas lo midieran.
Es imposible no evocar el pulso de la gran gauchesca rioplatense o la narrativa de frontera al observar a estos nuevos habitantes del conurbano correntino. El paisano que migró del interior profundo —de San Luis del Palmar, de Mburucuyá o de Empedrado— buscando la promesa urbana de la capital ha quedado varado en una suerte de limbo. Ya no pertenece al campo místico del patio de tierra, pero tampoco es plenamente integrado a la ciudadanía urbana.
Es el personaje atrapado en la intemperie, similar al destino trágico de los migrantes en la obra de Haroldo Conti o en los cuentos de desolación de Daniel Moyano. Hay una ruptura del lazo con la tierra que genera un «desarraigo al cuadrado»: se pierde el pago chico y se habita una periferia hostil.
La pérdida de la calidad de vida en este cuarto de siglo se palpa en la desintegración del tiempo libre. Hace 25 años, el tiempo en Corrientes poseía una elasticidad casi provinciana, ligada a la cultura del vecindario como red de contención primaria.
El sociólogo Robert Castel, en sus estudios sobre la metamorfosis de la cuestión social, advertía sobre el paso de la «vulnerabilidad» a la «desafiliación». Cuando el transporte público tarda una hora y media en conectar un barrio del extremo sur con el centro, cuando los desagües son un lujo, la calle cede su lugar al barro infranqueable tras cada tormenta tropical, el agua entra a las casas y la gente pierde sus cosas, el ciudadano se desafilia. El tiempo ya no es propio; le pertenece a la logística de la supervivencia.
Asimismo, la fisonomía del paisaje urbano correntino ha perdido su poesía. Aquella poética del paisaje ha sido reemplazada por el paisaje homogéneo del bloque de cemento gris y la basura acumulada por la falta de infraestructura básica. Es el triunfo de la «no-ciudad».
En términos del antropólogo Marc Augé, el conurbano correntino se llenó de no-lugares: calles y barrios enteros dominados por el miedo a la inseguridad y espacios donde nadie se reconoce en el otro.
La conurbanización de Corrientes capital nos enfrenta a un espejo incómodo. El crecimiento demográfico es un dato biológico de las ciudades, pero el abandono del espacio común es una decisión política y social.
Al comparar la capital actual con la de finales del siglo pasado, el balance no se mide solo en cuadras enripiadas con cordón cuneta donde se taparon las zanjas pero no sé las reemplazó por otro sistema de desagües o en luminarias LED; se mide en la pérdida de esa dignidad silenciosa que daba el barrio integrado, y la certeza de que la ciudad no era un territorio hostil y agresivo.
Si la literatura y la sociología nos enseñan algo, es que una ciudad que devora sus propios márgenes sin cuidar el alma de quienes los habitan termina convirtiéndose, tarde o temprano, en una hermosa postal frente al río que da la espalda a su propia gente.

Por Augusto Enrique, especial para NOVA